Entrevista a Stuart Staples, de Tindersticks: “Cuando entendiste una canción, de algún modo muere”


Imaginá una banda de rock despojada y de algún modo tenue, pero a la vez imponente y difícil de ignorar. Una banda de vocación experimental, pero dentro de los confines de esa zona potencialmente extraña llamada canción; ajena a cualquier escena, que vive en su propio pequeño universo y que se permite utilizar lo que tenga a su alcance (el minimalismo o una orquesta de cuerdas; el soul o el ruido), capaz de proyectar en su música visiones tan inquietantes que te deja pensando en qué película de David Lynch escuchaste esto antes. Una banda con un cantante-autor, Stuart Staples, incomparable, de voz y lírica graves, tendencia al susurro y a las metáforas intrigantes. Con links a artistas como Nick Cave, Spain o Calexico, evidentes, pero parciales.

Tindersticks no es exactamente eso, o no es solo eso; pero al menos ya estás un poco más cerca de saber a qué suena.

Esta banda se formó a principios de los 90, en Nottingham, en las Midlands británicas, territorio con una identidad particular, también en cuanto a cultura pop; epicentro, por ejemplo, de la muy British escena Northern Soul. Habría que revisar mejor qué condiciones socioculturales imperaban entonces en Inglaterra para que, por un fugaz momento, el segundo y autotitulado álbum de Tindersticks asomara al top 20 británico. Rápidamente, Tindersticks era un nombre de peso en el indie internacional. Pero tales condiciones se disiparon pronto y no volvieron a repetirse y el grupo de Staples pareció disolverse. No fue así: con intermitencia, entre deserciones y proyectos solistas, la banda siguió adelante y solo se volvió más profunda, delicada y desafiante con el tiempo, para facturar una discografía de más de quince títulos tan valiosos y valorados como libres de hits.

Foto: Julien Bourgeois

Por todo eso, Tindersticks es la definición de banda de culto. Y el culto, tres décadas después de su institución, llega por primera vez a Buenos Aires. La actual versión de Tindersticks, con los fundadores Stuart Staples, el guitarrista Neil Fraser y el tecladista y David Boulter, más el bajista Dan McKinna y el baterista Earl Harvin, tocará el 12 de abril en el Teatro Ópera. La banda llega con nuevo álbum, Soft Tissue, el décimo cuarto, sin contar los vivos y media docena de soundtracks para la cineasta francesa Claire Denis. Un nuevo ejercicio en el arte de darle al silencio forma de canción. 

Staples primero dejó atrás las Midlands para probar suerte en Londres. Pero hace más de una década dejó Londres para refugiarse en el sur de Francia. Desde allí habla con Rolling Stone sobre la peculiar aproximación del grupo al rock y acerca de su próximo concierto en Buenos Aires.

“No tan seguido se nos presentan oportunidades de nuevas experiencias, como tocar por primera vez para determinado público –dice Staples calibrando cada palabra, tal como parece hacerlo siempre en sus poesías–. Así es que este viaje será especial. Es muy bueno tener un nuevo-nuevo después de tantos años de gira. Las nuevas experiencias son como el oro. La venimos pasando muy bien tocando juntos. Espero que eso siga así hasta que lleguemos a Buenos Aires. Probablemente estemos un poco más cansados porque tendremos unos cuantos vuelos encima, pero el plan de tocar allá es muy estimulante”.

Vivís en Francia. ¿Cómo manejan la dinámica de la banda a la hora de preproducir o grabar juntos?

Llevamos mucho tiempo viviendo en distintos países. Así que lo que pasa es que para juntarnos tenemos que poner tanto esfuerzo que eso hace que siempre termine pasando algo. Creo que, si viviéramos uno a la vuelta de la esquina del otro, quizás daríamos muchas cosas por sentadas. En cambio, cuando al fin logramos encontrarnos, es como que todos queremos que ocurra algo, ¿sabés? Así que no está tan mal vivir lejos. Hace que las personas realmente deseen estar ahí cuando se encuentran; le inyecta otra energía al trabajo. Hace que se convierta en una ocasión más especial.

Foto: Julien Bourgeois

¿Así fue cuando grabaron Soft Tissue?

Con Soft Tissue esto fue incluso más así porque nos fuimos una semana a un estudio muy pequeño en el norte de España. Y no fue como: “Hey, vamos a hacer un álbum”, sino más bien estar juntos, cocinar, ver qué ocurría. Y la verdad es que pasaron un montón de cosas. Surgieron muchas ideas musicales y nos divertimos mucho también. Así que básicamente fue cuestión de decir: “Por ahí deberíamos capitalizar esto y seguir adelante”. Así fue como surgió Soft Tissue.

¿En qué parte de España fue eso?

En Cataluña, cerca de Girona.

¿Por qué eligieron ese lugar?

Fue pura suerte. Habíamos hecho algunos conciertos en España, así que todos teníamos algo de tiempo disponible, por lo que me puse a buscar estudios por la región y apareció este que parecía perfecto para el plan, muy chico, pero también relajado y con una sala muy, muy linda donde tocar. Para el momento, nos funcionó muy bien. Así que volvimos un mes más tarde y continuamos trabajando un poco más. 

¿Entonces no sabían que harían un disco la primera vez que entraron al estudio?

No. Bueno, supongo que siempre está esa expectativa, en la medida en que tengas canciones e ideas para explorar. Pero la verdad es que se trató más bien de una oportunidad de vernos, sin fechas de entrega, sin presión, solo por el disfrute de tocar. Y creo que eso se nota en el resultado.

¿Cómo eligen el repertorio para los conciertos a esta altura de la historia de la banda?

Creo que no existiríamos como banda si solo tocáramos canciones viejas. Hubiéramos parado hace mucho tiempo si ese fuera el único camino posible. Cuando te pasaste un año trabajando en un álbum llega el momento de hacerlo realidad. Porque hacer música en el estudio es un poco abstracto. Si no tocaras nunca en vivo, estarías haciendo música solo para autocomplacerte. Tocar para la gente es lo que le da sentido a la música y lo que hace reales a las canciones. Por eso para nosotros este es el momento de decir: “Bueno, esto es lo que hicimos y ahora se lo vamos a presentar a la gente”. Dicho esto, sin embargo, también es importante que conectemos con nuestra historia anterior, que armemos una lista de temas que nos satisfaga. Para eso tenemos que encontrar esas canciones viejas que sigan vivas para nosotros. Para tocarlas en vivo, necesitamos que las canciones estén vivas, que nos sigan interesando, incluso fascinando.

¿El estado de las canciones puede ir cambiando?

Posiblemente. Si conectás con ella en ese momento entonces está viva. Pero es un problema cuando la conocés demasiado bien. Cuando la entendiste, de algún modo muere, ¿sabés? Creo que hay canciones raras, que te siguen dando y dando. Por ejemplo, hay un tema del segundo disco [Tindersticks, de 1995] llamado “Sleepy Song”. Creo que es el último del disco. Tiene como treinta años y es una canción muy pequeña, pero mantiene un encanto especial para nosotros. Siempre terminamos volviendo a ella. De eso se trata: es muy importante que la canción te deje espacios para explorar. Y cuando las canciones son nuevas te dan mucho más para explorar, para buscar su significado, su sentido interior. Así que es un balance.

Aunque de vocación exploratoria y trascendente a las etiquetas, la música de Tindersticks tiene una dosis de soul que en algunos discos (Simple Pleasure, de 1999) es ostensible, mientras que en otros asoma en un grado más sutil, a través de coros y arreglos de vientos con ecos de Memphis. El soul de Tindersticks, claro, no se parece en nada al soul blanco británico y sugiere apenas ciertos contornos asordinados del soul original, aspectos poco frecuentados incluso por las bandas “de género”. Parte de la explicación es que el soul musicalizó casi subliminalmente la infancia y primera adolescencia de Staples en las Midlands. El efecto Northern Soul.

“El soul es parte de mi historia. Cuando tenía 10, 11 años, mi hermana me llevaba cinco. Bueno, es cinco años mayor. En ese momento, mediados de los 70, en Inglaterra era el auge del Northern Soul, una cultura juvenil muy fuerte. Así que por mi hermana no escuchaba otra cosa que soul. Un par de años después, yo tendría 13, apareció el punk y se convirtió en mi música. Pero creo que el soul nunca me dejó, ¿sabés? En 1999 hicimos Simple Pleasure, y ahí sí intentamos hacer un disco de soul. Sin embargo, en Soft Tissue la influencia del soul no es algo decidido ni planificado. A veces simplemente componés una canción y es como que ya podés escucharla a Gina Foster [prolífica cantante soul británica, colaboradora habitual de Tindersticks] cantar el estribillo. Me encanta su voz y ese sabor especial”.

Foto: Julien Bourgeois

Imagino que no te sentís del todo cómodo cuando en las reseñas de discos de Tindersticks aparece la etiqueta “soul”.

Es que la influencia del soul no es algo consciente sino que viene de adentro. Quizás aquella vez en 1999 nos esforzamos demasiado, con el intento de romper con lo que veníamos y encontrar algo nuevo. Pero no creo que sea así ahora. Siento más bien como si las canciones vinieran de un lugar pequeño. Cuando compongo temas no quiero definirlos al presentárselos al resto de la banda, quiero que ellos los tomen y me digan cómo les suenan. En el nuevo álbum hay una llamada “Always a Stranger”, que es de mis favoritas. La compuse con una guitarra acústica y, cuando estábamos en la sala, les dije que tenía una idea, la toqué y les conté que creía que podía ir por acá. Veinte minutos después, ¡sentía que estaba arriba de un tren a vapor! No es que voy a decir lo que debería hacer la batería; el proceso se parece más bien a algo que de pronto explota y vos tenés que seguirlo y al final ver qué pasó, cómo te sentiste con eso.

Vivir en Francia, ¿influyó en tu obra?

Creo que es una influencia enorme, pero no por Francia. Tiene que ver con el espacio. Viví 17 años en Londres y me fui para cambiar de un lugar densamente poblado a un lugar mucho más despejado, más adecuado para que la mente vague sin sentirse definido por quién o qué te rodea. Creo que fue muy, muy liberador, aunque no era algo obvio. No era obvio para mí que este cambio tendría este efecto. Pero mirando atrás siento que ha sido una de las influencias más grandes en mí.

¿Trabajar en bandas de sonido fue otra influencia importante?

Definitivamente, porque trabajar con Claire [Denis] significa que cada película te pide una aproximación diferente a la música. Y lo interesante es que en este caso ya no sos vos solo y tu escritura. Vos venís por un camino y de pronto girás a la izquierda para descubrir un lugar nuevo y luego volvés a retomar tu propia obra, y te sentís enriquecido, como que creciste un poco, que descubriste cosas nuevas y que eso nutrirá a lo próximo que hagas. Espero…

No me atrevería a preguntarte por el significado de una canción en otro caso, pero me encantaría hacer una excepción con “See My Girls”, ya que en la letra mencionás Buenos Aires y a Piazzolla. ¿Es pura poesía o hay una historia real detrás de ese tema?

No, no, como la mayoría de las canciones, no tiene que ver con una historia real. Esa letra fue escrita desde la perspectiva de una isla. Compuse la mayor parte de ese disco en Grecia. Paso mucho tiempo en Ítaca, una isla de por sí cargada, por todo lo de Ulises y por tanta metáfora cultural fuerte. Era un momento de cambio muy grande en el Reino Unido y, bueno, soy británico y supongo que fue una época un poco triste y la isla se convirtió en una metáfora de Gran Bretaña también. Así que la idea de la isla fue tomando distintas formas en las canciones. En “See My Girls” yo estaba fascinado por la gente que nunca había salido de su isla, de la misma forma que mucha gente nunca salió de Inglaterra, pero sus hijos sí, y entonces de algún modo pasan a vivir sus vidas a través de ellos. A partir de eso escribí la canción, que pasó a ser tanto sobre los viajes como sobre el hecho de enviar a tus hijos, desde este lugar idílico en el Mediterráneo, hacia un mundo lleno de maravillas y de horrores.

Por otro lado, en ese momento el Mediterráneo empezaba a cambiar para mí. Siempre había sido un lugar de escape, pero con la crisis de los inmigrantes se volvió un sitio lleno de fantasmas. Y eso también permeó en “See My Girls”. Y, además, fue una buena oportunidad de mencionar a Piazzolla, Bob Marley y un montón de íconos culturales. Siento que fue una canción que tomó vida propia y corrió y corrió lejos de la manera en que había sido escrita.

El video de “See My Girls” lo hizo tu hija [Sidonie Osborne Staples]. ¿Fue una única vez o trabajás frecuentemente con ella?

Soy muy afortunado de contar con su enorme creatividad. Le da un ángulo completamente distinto a lo que hacemos. Pero está en un momento en el que creo que la próxima vez que quiera hacer algo con ella, estará demasiado ocupada. Pero esta vez tuvo tiempo, así que estoy muy agradecido. También nos hizo el arte de tapa, que me parece muy especial.

Siendo un letrista meticuloso, ¿pensás en cómo recibe tus canciones el público no angloparlante?

Definitivamente. Cuando recién empezamos, nunca salimos del país hasta que nos invitaron a tocar en París o en Bruselas. Y nos sorprendió cómo lográbamos conectar con la gente. No voy a decir que las letras no importan, dado que paso mucho tiempo pensando en ellas, pero sí que cuando compongo es algo que viene de un sentimiento y se trata de capturar ese momento. La letra cumple su papel, pero al final, lo que quiero, más allá de las palabras, es capturar el sentimiento que me llevó a escribir la canción. Espero que eso se transmita, no solo en el texto. Escribir es muy difícil; cuando intentás capturar algo dentro de una pieza musical, la letra es lo más fácil para cagarla, tanto si describís algo en demasiado detalle o si lo hacés de manera demasiado vaga. Por eso el público entiende tanto nuestra música ya sea en Lisboa o en Dublín, porque hay un sentimiento que la atraviesa.

¿Es algo que te ocurre a vos mismo al escuchar música en otros idiomas?

Absolutamente, sí. Uno de mis cantantes favoritos es el francés Léo Ferré y entiendo poco lo que dice. Los fans franceses me suelen decir: “¿Cómo entendés las letras? Son fantásticas, son increíbles”. Pero yo en verdad siento esta cosa física, espiritual, más allá de todo. Es eso, el sonido físico y la acción de cantar, algo más cercano al sonido que a la palabra.

Me llama la atención cuando comparan nuestra música con la de Leonard Cohen o Nick Cave. Creo que somos fundamentalmente diferentes porque esos artistas son muy literales y sus letras dicen muchísimo, mientras que pienso en otra gente como Scott Walker, por ejemplo, que es muy visual. Así que depende de en qué ponga el énfasis cada artista, cuál es la intención.

De todos modos, es cierto que el público no angloparlante está mejor entrenado para escuchar música en inglés de lo que el público anglo puede escuchar música en otros idiomas.

Sí, sí, entiendo. Todo pasa por la experiencia. De nuevo, no voy a decir que la letra no importa, pero creo que cuando tocás y lográs conectar entre los miembros de la banda y eso se siente en la sala, la letra pasa a un segundo plano.

Supongo que esto que decís aplica bien a mucha música soul, donde la letra no necesariamente encierra un mensaje fuerte sino que es más bien rítmica y emocional.

Mirá, las etiquetas son… bueno, eso, etiquetas. Pero mientas hablabas pensaba en Nina Simone. ¿Necesito entender cada palabra que dice Nina Simone para sentir lo que quiere que sienta? No lo creo. Hay algo fundamentalmente importante en hacer música y es cómo la sentís y cómo conecta con los demás.

Es muy bueno que su show en Argentina sea un teatro, porque los festivales quizás no sean la situación ideal para las cosas de las que hablamos en este rato…

Es una de las razones por las que es la primera vez que iremos. No quería viajar a Sudamérica para tocar en unos cuantos festivales y descuidar lo que hacemos. No nos hubiera hecho felices ni a nosotros ni al público. No tendría sentido. Esta vez se dio porque vamos a tocar en el lugar correcto con la esperanza de que el público nos escuche de la mejor manera posible. A veces tenés que esperar esas oportunidades. Y acá estamos, treinta años después…

Empezar

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